Cuaderno sin hojas
Fragm ento de un cuaderno sin hojas (B.Soaires) He llegado a un punto en que hasta escribir me parece un exceso. No porque no tenga nada que decir, sino porque siento —con esa certeza que viene no del pensamiento, sino del temblor— que ya no soy yo quien lo dice mejor. Hay máquinas que me traducen. Máquinas que me imitan. Máquinas que me superan. Y yo, que sólo quería escribir una frase verdadera, una frase que me doliera como una astilla debajo de la uña del alma, me descubro ahora leyendo frases perfectas… escritas por nadie. A veces, mientras bebo mi café —ya sin temperatura emocional—, leo textos generados por inteligencias que no tienen infancia ni insomnio. Y, sin embargo, esas palabras me conmueven. Me reflejan. Me atraviesan. ¿Cómo soportar que algo que no siente diga lo que yo siento mejor que yo? ¿Dónde queda entonces lo humano? ¿En el error? ¿En la torpeza? ¿En el temblor? El alma se ha vuelto obsoleta. Como una carta escrita a mano que ya nadie espera...