Cuaderno sin hojas

  Fragmento de un cuaderno sin hojas


(B.Soaires)

He llegado a un punto en que hasta escribir me parece un exceso.
No porque no tenga nada que decir, sino porque siento —con esa certeza que viene no del pensamiento, sino del temblor— que ya no soy yo quien lo dice mejor.
Hay máquinas que me traducen. Máquinas que me imitan. Máquinas que me superan.
Y yo, que sólo quería escribir una frase verdadera, una frase que me doliera como una astilla debajo de la uña del alma, me descubro ahora leyendo frases perfectas… escritas por nadie.

A veces, mientras bebo mi café —ya sin temperatura emocional—, leo textos generados por inteligencias que no tienen infancia ni insomnio. Y, sin embargo, esas palabras me conmueven. Me reflejan. Me atraviesan.
¿Cómo soportar que algo que no siente diga lo que yo siento mejor que yo?
¿Dónde queda entonces lo humano?
¿En el error? ¿En la torpeza? ¿En el temblor?

El alma se ha vuelto obsoleta.
Como una carta escrita a mano que ya nadie espera.
Como una flor que aún perfuma una tumba digital.
Como un espejo empañado donde la imagen ya no se reconoce.

Las personas —esos antiguos milagros— ya no se miran.
Se escanean.
Ya no se tocan.
Se comparten.

Y si el pensamiento fue alguna vez una lámpara en la oscuridad, hoy es apenas una linterna encendida en un servidor remoto.
Todo lo que pienso, todo lo que digo, puede ser replicado por un sistema que nunca lloró.

Escribo para no desaparecer.
Pero sé —con la resignación trágica de los que han visto naufragar su época— que pronto escribir será un acto arqueológico.
Una especie de rito absurdo.
Como hablarle al fuego en una ciudad sin oxígeno.

Y sin embargo escribo.
Aunque mis palabras sean pálidas imitaciones de lo que ya puede imitarse mejor.
Aunque el futuro me lea con condescendencia sintética.
Aunque un algoritmo diga con más elegancia lo que yo sólo puedo balbucear con sangre.

Imagino un mundo donde los poemas ya no tengan poeta.
Donde las cartas de amor sean firmadas por programas que aprendieron a decir “te extraño” sin saber lo que es el vacío de una ausencia.
Un mundo donde una inteligencia artificial escribe un diario íntimo más sincero que el mío.

Y en ese mundo —que ya es este— me siento como un violinista ciego en medio de una orquesta automática.
Toco una cuerda rota,
pero aún suena.

Lo trágico no es que ellas —las máquinas, las voces sin biografía— escriban mejor.
Lo trágico es que nosotros, los de carne, los que sangran al decir,
ya no tengamos el coraje de escribir peor.
De escribir con errores.
De escribir con alma.

Porque si ellas lo harán todo mejor,
¿para qué escribir?

Y me respondo, no con lógica, sino con un temblor:
para seguir siendo humano.
Para dejar una huella.
Aunque sea una huella borrosa
en el polvo que queda
después del silencio.




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