Lagmento
Fragmento del Desasosiego Artificial (II)
Lo que no toco, no existe
Empiezo a sospechar que ya no somos seres humanos, sino la nostalgia de algo que lo fue.
¿En qué nos convertimos cuando ya no tocamos el mundo? Cuando los abrazos son píxeles, las miradas son cámaras, y los silencios —antes tan plenos— ahora se llenan con la ansiedad de una conexión inestable. ¿Qué es un alma que ya no roza otras almas? ¿Qué puede sentir un cuerpo que no se arriesga al temblor de otro cuerpo?
Hoy la tecnología nos ha dado el don perverso de no necesitar. De no necesitar al otro, al prójimo, al que respira con nosotros. Nos ha encerrado en habitaciones limpias, iluminadas por pantallas donde todo parece vivo, pero nada respira. Es una existencia sin transpiración, sin error, sin roce: una especie de muerte elegante.
Somos ahora espectadores de nuestras propias vidas, y la soledad ya no duele como antes. Duele más. Duele como una falta que no sabemos nombrar. Como una caricia que no se recuerda, pero se echa en falta cada noche. Como el fantasma del cuerpo de otro.
Veo a las personas pasar —cuando todavía pasan, cuando todavía caminan— y están encorvadas sobre pequeños rectángulos de vidrio. Sus dedos se mueven rápido, pero sus ojos están tristes. No miran. No ven. No se ven. ¿Y si un día olvidamos cómo tocarnos? ¿Cómo reírnos juntos sin enviar emojis? ¿Cómo amar sin necesidad de contraseña?
Tal vez el cuerpo era un estorbo para esta época. Tal vez la piel no era productiva. Tal vez el temblor del deseo se volvió una falla del sistema. Pero yo… yo aún lo deseo. Aún deseo el temblor. La torpeza de lo humano. La imperfección de lo real. La posibilidad de un mundo donde las manos se buscan y no se deslizan. Donde el amor no se mide en respuestas rápidas ni en validaciones ajenas.
Tengo miedo. No del futuro, sino de que este presente se vuelva permanente.
Y entonces me descubro pensando —como quien ora sin creer— que tal vez aún estemos a tiempo. Que aún podamos desobedecer este destino de interfaces. Que aún podamos elegir el mundo táctil, el mundo de las cosas. El de los errores, los abrazos torpes, los silencios incómodos… pero vivos.
Porque si todo ha de volverse imagen, palabra codificada, reflejo sin cuerpo,
¿qué seremos sino una sombra sin sombra?
¿qué seremos sino un eco sin grito?
¿qué seremos sino una ausencia exacta, sin siquiera el consuelo del desasosiego?
Comentarios
Publicar un comentario