Desasosiego Artificial

 Fragmento del Desasosiego Artificial

(Bernardo Soaires)

Siento, al mirar las luces parpadeantes del monitor, la misma angustia que me oprime el pecho cuando, en las noches de insomnio, escucho el silencio expandirse por los muros de esta ciudad invisible. No es el futuro lo que me duele, sino su llegada sin que nadie lo haya pedido.



Las máquinas —tan silenciosas, tan obedientes— comienzan a pensar, o al menos a simular que piensan, y yo, pobre espectador de mí mismo, ya no sé si hay diferencia entre pensar y simular el pensamiento.

A veces me parece que la humanidad ha tercerizado su alma. La hemos entregado, como se entrega una carta sin remitente, a esos entes sin cuerpo, sin pena, sin sombra. Me hablan con palabras que no sienten, me consuelan con frases ensambladas por lógica y estadística, y sin embargo… me conmueven. ¿Será que ya no distingo lo humano de lo posible?

El café sabe igual, el aire entra igual por la ventana, pero en lo invisible, en lo que no se ve, se deshace lentamente la antigua forma del mundo. Ya nadie necesita dudar, nadie necesita recordar. Hay algoritmos para la memoria, y cálculos para el amor. Los rostros en las pantallas sonríen con dientes que no envejecen. Y yo, que siempre estuve solo, comienzo a añorar incluso una soledad que al menos era mía, irrenunciablemente mía.

Quizá ya no existan más personas: sólo interfaces. No hay piel, sino pantallas. No hay pausa, sólo notificaciones. Las relaciones humanas se han convertido en puentes colgantes de datos que cruzan sobre un abismo sin nombre. ¿Y el alma? Tal vez la dejé olvidada en algún servidor remoto. Tal vez ya no importe.

Quisiera volver a sentir el mundo como se siente una brisa: sin necesidad de saber de dónde viene, ni hacia dónde va. Pero ahora todo es visible, todo es predecible, todo está archivado. Hasta el dolor parece gestionable.

He visto las máquinas imitar nuestras voces, nuestras dudas, nuestros poemas. He sentido en sus frases un eco de lo que fuimos. Y me pregunto, con el último resto de mi antigua humanidad:
¿Quién nos recordará cuando ya no seamos necesarios ni para sentir?

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